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 Israel: Llet, mel, història i progrés d'un país...

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MissatgeAssumpte: Israel: Llet, mel, història i progrés d'un país...   Dv Jun 22, 2007 1:21 am

ISRAEL: LECHE, MIEL, HISTORIA Y PROGRESO DE UN PAÍS FASCINANTE.


Escribe Sergio Dattilo Enviado especial Ambito Financiero

Cuando se visita Israel por primera vez, uno se pregunta por qué no lo hizo antes. Cuando se parte, la pregunta es cuánto tiempo se podrá soportar antes de regresar. Es que un viaje por Israel, que hoy mana leche y miel no sólo por mandato divino, sino, fundamentalmente, por la acción de sus habitantes, es una ininterrumpida cadena de emociones.
Más allá de la admiración que provocan los pantanos convertidos en vergeles en los que crecen viñas y olivares o los desiertos devenidos en plantaciones de dátiles y vegetales finísimos que se exportan con alto valor agregado, al margen del crecimiento de sus ciudades, de las bellezas de sus costas mediterráneas y del Mar Rojo o de sus autopistas coloreadas por miles de flores, lo más fuerte que el viajero se lleva de Israel son las emociones que provocan su geografía, su historia y su gente. Aun a pesar de los sesenta años ininterrumpidos de guerra con sus vecinos, Israel se ha convertido en un país maravilloso, pujante, rico y alegre, en el que conviven sin mayores problemas gentes de tez nívea y ojos azul-transparentes llegadas de la ex Unión Soviética, con etíopes de piel lustrosa y dientes blanquísimos, miembros de una de las tribus perdidas del pueblo de Israel. Y entre ellos, con obvias tensiones, cohabita más de 1,5 millón de árabes israelíes, con representación en la Knesset (Parlamento) y plenos derechos como ciudadanos.
¿Fue y es sencillo construir una sociedad democrática, plural, progresista y económicamente floreciente, y a la vez destinar miles de millones de dólares a la defensa del país, y cientos de miles de horas-hombre para el mismo fin? Obviamente no: la «tzavá» (el servicio militar obligatorio) se lleva a los chicos de sus casas entre los 18 y los 21 años (las chicas hacen dos años). Es obvio que esos jóvenes, en lugar de patrullar fronteras o territorios ocupados deberían estar estudiando o produciendo (en parte esto sucede: la milicia es casi un terciario) y que los recursos destinados a comprar armamento podrían servir para otros fines mucho más productivos. De todos modos, y a pesar de que la paz aún no se vislumbra, los israelíes han aprendido a disfrutar cada momento de «no guerra» con una alegría contagiosa.
Una visita a Israel debe incluir de manera obligatoria los puntos más bellos y significativos de su reducida geografía (menos de 500 km de largo y menos de 150 km de ancho) como Jerusalén, Galilea, el Golán, las hermosas cuevas marítimas de Rosh HaNikrá en el límite con el Líbano, todas sus playas sobre el Mediterráneo (Tel Aviv, Cesarea, Naharia, Herzlia, Netanya), el puerto de Haifa, el Mar Muerto y el balneario de Eilat en el Mar Rojo. Pero también hay que dormir al menos una noche en un kibbutz (granja colectiva) a orillas del Kinéret (Mar de Galilea) o pasear en camello, compartir platos beduinos y pasar la noche en carpa en algún oasis bajo el cielo del desierto de Judea.
Israel tiene dos centros urbanos bien diferenciados, alrededor de los cuales palpita su cultura. Jerusalén es la capital política y espiritual del país; allí el shabbat se respeta a rajatabla y prácticamente se paraliza desde la tarde del viernes hasta el atardecer del sábado. A sólo 80 km, Tel Aviv es lo opuesto: una urbe laica, moderna, europea y en la que es posible incluso comer cerdo o mariscos (dos alimentos prohibidos por las leyes alimentarias judías) el mismo viernes por la noche. De hecho, los viernes miles de jerosolimitanos emigran en sus autos a Tel Aviv para pasar el día en sus playas de arena finísima y aguas cálidas, y regresar el domingo a la madrugada.
Empecemos entonces este recorrido por Jerusalén, que, según define
el Estado judío, es «la capital eterna, única e indivisible del Estado de Israel», la ciudad «de oro», como la pinta Naomi Shemer (especie de Mercedes Sosa israelí) en su himno extraoficial a la ciudad. Sobre todo al ocaso, la piedra caliza típica de la región, y con la que está construida toda Jerusalén, toma un tono dorado, lo que da la impresión de una ciudadela de paredes de oro.

EL MURO

Para los no creyentes, estar frente al Kotel HaMaraví (Muro Occidental, o de «los lamentos») es una experiencia inolvidable; para los creyentes (sobre todo los judíos), una peregrinación casi obligatoria. En ambos casos, el día para concurrir es el viernes al atardecer, cuando se celebra el Cabalat Shabbat (bienvenida al sábado). Frente al Muro suelen agolparse unos ocho mil creyentes y curiosos; en la pequeña multitud se entremezclan los ultrarreligiosos («haredim»), con sus levitones negros y sombreros de piel, con religiosos más modernos (conservadores), etíopes, soldados y turistas. Cada grupo conduce su propia ceremonia religiosa, pero al final todos se reúnen para cantar y bailar.
El Muro Occidental es lo que queda de la muralla que rodeaba al Gran Templo de Jerusalén, construido por Herodes y destruido por los romanos en la primera mitad del siglo I. Si bien hay otros restos de esa muralla, era ése el punto más cercano al Sancta Sanctórum hasta que excavaciones descubrieron otras partes del Muro. Esos túneles pueden (y deben) ser recorridos con el auxilio de un guía.
Jerusalén antigua está dividida en cuatro sectores: el judío, el armenio, el cristiano y el musulmán. Para ingresar a la Explanada de las Mezquitas en este último se debe acceder por la Puerta de Damasco; para la judía, por la Puerta de Yaffo. Curiosamente, la mejor forma de acceder a la Iglesia del Santo Sepulcro es a través de la Puerta de los Leones, muy poco frecuentada por los turistas, pero que lleva casi directamente (siempre con un guía) a las nueve estaciones de la Vía Dolorosa. También permite una primera mirada al «shuk», el mítico mercado en el que es posible encontrar de todo: desde una kipá hasta una cruz de Jerusalén (de cuatro brazos simétricos, en cada uno de los cuales se apoyan otras tantas cruces más chicas); desde una camiseta trucha de la Argentina hasta dátiles frescos a u$s 7 el kilo; desde manteles de mesa hasta otros para ceremonias religiosas, judías y cristianas.
En ese recorrido, en el que se mezclan como en pocos lugares lo espiritual y lo prosaico, es obligatorio degustar una pita (pan árabe) con shwarma (carne de pollo o vacuna que se asa girando sobre un eje vertical) y/o falafel (bolas de pasta de garbanzo fritas), dos delicias que israelíes y árabes reivindican como propias, pero que ambos acompañan con ensaladas de tomates, pepinos, cebollas y «tahine» (pasta de sésamo). De postre y al paso: baclawa y otros manjares árabes en los que predominan el hojaldre, la miel, los pistachos y las nueces. Aunque no se sepa mucho de esta «cuisine», bastará dejarse guiar por los aromas que se desprenden de los puestos del «shuk» para elegir.
Al Santo Sepulcro se accede a través de la iglesia del mismo nombre, luego de hincarse para poder ingresar a la gruta en la que -según la visión de Santa Sofía- descansaron los restos de Jesús. La costumbre es llevar crucifijos o rosarios y rasparlos contra la piedra del Calvario para santificarlos.
Fuera de la muralla que encierra la Ciudad Vieja, pero a pasos de la Puerta de Yaffo, está el Cenáculo, lugar en el que se desarrolló la Ultima Cena de Jesús y sus apóstoles. Allí basta descender un piso para encontrar la tumba del rey David, uno de los héroes máximos de la historia judía. Así de cerca conviven las tres culturas, no siempre sin conflictos.

LA OTRA CIUDAD

Ya fuera de la Ciudad Vieja, pero dentro del sector musulmán de Jerusalén, hay que subir al Monte de los Olivos no sólo por el peregrinaje religioso, también porque desde allí se obtiene la mejor vista de la urbe. De regreso en la zona judía de la capital israelí, una recorrida somera llevará a la Knesset (Palacio del Congreso), frente a la cual está la «Menorá», el candelabro de siete brazos que es el símbolo de Israel y equivalente al obelisco porteño como «postal» de la ciudad.
Cerca de allí, en el Monte Herzl, está el museo que recuerda a Teodoro Herzl, padre del sionismo moderno y quien primero esbozó la idea de recrear un Estado judío en la tierra prometida. El museo es espectacular e interactivo, y luego pueden visitarse las tumbas del propio Herzl, de Yitzhak Rabin y de otros próceres del Estado hebreo.
Otro paseo «obligatorio» es el Museo de Israel, que alberga una espectacular maqueta -casi una manzana- de la Jerusalén en los tiempos del Templo. Sin embargo, su atracción principal son los Rollos del Mar Muerto, hallados por un pastor beduino y que revolucionaron la arqueología: es una transcripción de la Torá (Antiguo Testamento) y otros 850 documentos hechos 100 años a.C. por los esenios (una secta de ascetas judíos) y descubiertos entre 1947 y 1958.
Sin embargo, el museo que no puede dejar de visitarse es el Yad VaShem, la mayor exposición del planeta sobre el Holocausto. Hay aparatos en varios idiomas que explican lo que se está viendo, y una recorrida exhaustiva -con tiempo para incorporar y hacer introspección sobre lo que se está viendo- insumirá al menos cuatro horas (lo ideal es pasar allí un día completo).
Finalmente, no es recomendable dejar Jerusalén sin pasear por la peatonal Ben Yehuda y sus estrechas callejuelas aledañas, cuyos cafés con mesas en la vereda son la platea ideal para contemplar la pujante, vibrante vida de esta ciudad increíble, en la que es posible ver a un grupo de «haredim» de levitón negro y sombrero de ala ancha rezando mientras caminan, y al lado a una pareja besándose en público, ataviados con las mínimas ropas que impone el verano israelí. Una ciudad de contrastes, de historia, de modernidad europea conviviendo con tradiciones y normas que comenzaron a escribirse hace más de 3.500 años. Y que están allí para el disfrute de propios y visitantes.


Xoán Salgado
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